Publicación del catálogo de la exposición: “Priego de Córdoba-Puentedeume”

Priego, Puentedeume

Con textos de Enrique Seijas Muñoz y fotografías de Jose Luís Pardo Caeiro.

Los autores, en el acto de presentación celebrado en Priego (Córdoba).

En tiempos donde el distingo y la cuita de campanario dominan por doquier, resulta altamente gratificante encontrarse con un libro-catálogo destinado a hablarnos de dos poblaciones españolas distantes sólo en razón de la cartografía. Sus autores, Enrique Seijas para el texto y José Luis Pardo en el reportorio fotográfico, han tenido la fina sensibilidad de dar con un hilo histórico francamente apasionante. En Priego de Córdoba y en Puentedeume confluyen las raíces históricas de dos casas nobles, la de Aguilar y la de Andrade, respectivamente, hermanadas no sólo por las crónicas, también por concitar en sí mismas la razón de ser de lo más granado de la vieja nobleza española.

En el transcurso de la investigación para mi novela “El Gran Capitán” (Edhasa, 2006) tuve la oportunidad de estudiar con cierto detenimiento las personalidades de los titulares de ambas casas en torno al 1500. Por una parte, el señor de Priego, Don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, fue un valiente guerrero de frontera que perdió la vida mientras servía a su señor, Fernando de Aragón cuando los hechos de Sierra Bermeja. Se dice que el  Jerife de Menestepar le dio muerte sin darse mucha prisa, susurrándole al oído su gracia, tras propinarle no menos de siete puñaladas por la espalda,  a fin de que el desdichado Alonso supiese quien le daba muerte sin permitirle confesión. Gonzalo de Córdoba había querido mucho y sinceramente a su hermano mayor, bien es verdad que Alonso de Aguilar, como primogénito que era, siempre le había tratado con cierta condescendencia, pero esto al Gran Capitán no le importaba en exceso. Alonso hacía con él lo que se suponía que había que hacer con un segundón, concederle más bien poca importancia y tomarse a broma sus hechos en el mundo. Claro que hacía ya mucho tiempo que Gonzalo de Córdoba había dejado de tener en excesiva cuenta las opiniones que vertían sus contemporáneos sobre su persona, algo en su fuero interno le decía que lo único importante para él debía ser la propia opinión que conservaba de sí mismo y la confianza en sus acciones. Cada vez que alguien le contaba que Alonso se había mofado de sus  hechos de armas regalándole algún gracejo de los suyos, Gonzalo respondía con alguna variante de la expresión: “Decidle a don Alonso que espere a ver, que esta noche, como otras, he soñado que había de ser mucho más señor que él”. Y con eso se quedaba contento.

A los funerales celebrados por el alma del señor de Aguilar en el Duomo de Palermo acudió toda la ciudad vestida de riguroso luto, nobles y plebeyos querían así mostrarle al Gran Capitán el aprecio y el respeto que se le tenía en Sicilia. Gonzalo lo había agradecido profundamente y prometió entonces no olvidar jamás aquel gesto de los insulares. Tras las exequias por Don Alonso de Aguilar, el Gran Capitán se refugió unos días tras los austeros muros del convento de San Francisco. Allí, al calor amable de  los hijos del de Asís, había logrado serenar su espíritu, preparándose para la dura campaña que habría de venir. Ya sabrá el lector que no le fue mal, la sombra heroica de su hermano debió empujar lo suyo en aquellos ímpetus y en aquellos extraordinarios logros.

A la vez, el señor de Puentedeume, Fernando de Andrade pasó a la historia asimismo de la mano de Gonzalo Fernández de Córdoba. Llegó a  la Calabria al mando de un contingente de peones gallegos encargados de equilibrar un poco las cosas en la pugna con el francés, mientras el Gran Capitán aguardaba parapetado en Barletta la llegada de tiempos mejores. Muy pronto se le otorgó a Fernando de Andrade el mando del ejército que derrotaría al mismísimo Everaldo Stewart en el campo de Seminara. Es cierto que su éxito hizo abrigar ciertas dudas a Gonzalo de Córdoba, que temía verse substituido como general en jefe de la campaña. Pero pronto comprendió el Gran Capitán que no existía ni un ápice de arribismo en aquel esforzado guerrero, que siempre le sirvió bien. En realidad, nunca había dudado de su lealtad, pero sí de la de su rey, llegó a pensar que en el caso de que Andrade alcanzara la ciudad de Nápoles antes que él, todo podía ocurrir cuando hubiese que nombrar virrey. No había de qué preocuparse, Fernando de Andrade apoyó muy eficazmente la marcha de Gonzalo de Córdoba durante todo el resto de la campaña, desempeñando una labor impagable en los lodazales del Garellano, hasta lograr la victoria total e incuestionable de los colores de Fernando de Aragón en el viejo Regno Napolitano.

Es así que hoy, gracias a esta oportunísima iniciativa, dos buenos caballeros, Alonso de Aguilar y Fernando de Andrade se reúnen nuevamente para mostrarnos de la mano de los evocadores textos de Enrique Seijas y las extraordinarias fotografías nocturnas de José Luis Pardo Caeiro, el alma y el ser de dos poblaciones señeras que, pareciendo tan distintas, no lo son tanto.

Juan Granados

Septiembre de 2010

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